Peregrinar a Jerusalén en los primeros siglos del cristianismo era una aventura arriesgada. El viaje podía durar uno o dos años, sin contar la estancia en la Ciudad Santa, y muchos no regresaban. Pero algunos de aquellos viajeros dejaron por escrito lo que vieron, y gracias a ellos sabemos que en el complejo del Santo Sepulcro se custodiaba y veneraba una reliquia muy especial: la copa que, según la tradición, utilizó Jesucristo en la Última Cena.

Estos relatos son el punto de partida de la investigación que Margarita Torres Sevilla y yo publicamos en Los reyes del Grial. Permiten seguir la pista de la copa durante cinco siglos, saber dónde estaba, cómo se exponía e incluso de qué material estaba hecha.

Los primeros testigos: el peregrino de Burdeos y Egeria

El primer gran relato conservado es el de un viajero anónimo que partió de Burdeos en el año 333, justo cuando el emperador Constantino levantaba las primeras basílicas de Tierra Santa. Describe el Gólgota, la tumba de Cristo y la nueva basílica, «una iglesia de maravillosa belleza».

Más rico aún es el testimonio de Egeria, una dama de la Gallaecia, el noroeste de la península ibérica, emparentada con la familia del emperador Teodosio. Entre los años 381 y 384 viajó a Tierra Santa y dejó una descripción minuciosa de las celebraciones del Santo Sepulcro. Ninguno de los dos menciona todavía la copa, pero sus textos nos permiten conocer el escenario donde pronto aparecerá.

Reconstrucción de la entrada a la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén en época de Constantino
Reconstrucción de la entrada a la Basílica del Santo Sepulcro en época de Constantino.

Hacia el año 400: la primera mención

La primera alusión directa aparece en el llamado Breviarius, una especie de pequeña guía de Jerusalén cuya redacción se sitúa hacia el año 400. Al describir el Santo Sepulcro, menciona una cámara donde se guardaban la caña, la esponja y la Copa que el Señor bendijo y dio a beber a sus discípulos.

Todo apunta a que la copa se depositó en el Santo Sepulcro a mediados del siglo V, bajo la protección de la emperatriz Eudoxia, que se estableció en Jerusalén y promovió allí numerosas construcciones. A partir de entonces, las fuentes la sitúan de forma continuada en ese lugar.

El peregrino de Piacenza: una copa de ónice

Hacia el año 570, un peregrino anónimo de Piacenza escribió uno de los relatos más valiosos sobre los Santos Lugares. En un pequeño cuarto del patio de la basílica, junto a la madera de la Cruz, la esponja y la caña, vio «la Copa de ónice con la que bendijo en la Cena».

Ese detalle es fundamental. Por un lado, el ónice indica una notable antigüedad: ya en el siglo III se ordenó que los cálices fueran de oro o plata. Por otro, que un objeto tan venerado no fuera de metal precioso revela su carácter excepcional. Y, sobre todo, coincide con el material de la copa superior del Cáliz de Doña Urraca.

Guerras y silencios: la conquista persa

En el año 614, los persas de Cosroes II conquistaron Jerusalén. Parte de la basílica de Constantino ardió y la reliquia de la Santa Cruz fue llevada a Persia como trofeo. Poco antes, una guía escrita por un peregrino armenio había situado la copa en la galería superior de la gran rotonda del Santo Sepulcro, y la describía por primera vez «cubierta de oro», probablemente para protegerla, ya que los fieles podían tocarla y besarla.

Curiosamente, Sofronio de Jerusalén, que escribió en esos años dramáticos, enumera la caña, la esponja y la lanza, pero no menciona la copa. ¿Se había escondido para evitar su robo? Es muy probable, porque poco después vuelve a aparecer con toda normalidad en el Santo Sepulcro. Ocultar la reliquia más preciada en los momentos de peligro fue una práctica que se repetiría más adelante.

Arculfo y Adomnán: el testimonio más difundido

Hacia el año 683, ya con Jerusalén bajo dominio musulmán, el monje irlandés Adomnán escribió De locis sanctis a partir del relato del obispo franco Arculfo, que había peregrinado a Tierra Santa. Es probablemente el más importante de todos los textos de peregrinos por la enorme difusión que tuvo en Europa.

Su descripción es la más detallada. La copa se guardaba en una capilla, entre la iglesia del Calvario y la basílica de Constantino, dentro de un relicario. Estaba recubierta de plata, tenía un asa a cada lado y una capacidad de un sextario, algo más de medio litro. Arculfo la vio, la veneró y la tocó con la mano a través de un agujero en la puerta del relicario, y cuenta que toda la población de la ciudad acudía a ella con la mayor reverencia.

El texto incluye además uno de los primeros planos conocidos del Santo Sepulcro. En él, en el patio situado entre la rotonda y la basílica, aparece dibujada la «exedra del Cáliz de Nuestro Señor».

Plano medieval del complejo del Santo Sepulcro de Jerusalén según Arculfo y Adomnán, con la capilla que albergaba el Cáliz del Señor entre la rotonda y la basílica
Plano del Santo Sepulcro según Arculfo y Adomnán, con la capilla del Cáliz del Señor. Pulsa sobre la imagen para verla a mayor tamaño.

Beda el Venerable: la copa llega a toda Europa

Pocos años después, el monje inglés Beda el Venerable, que nunca estuvo en Jerusalén, recogió la información de Adomnán en su obra sobre los Santos Lugares. Describe la exedra del patio donde se guardaba el cáliz de plata en un relicario, y la costumbre de tocarlo y besarlo a través de la puerta. Gracias a la gran difusión de Beda y Adomnán, la existencia de la copa se conoció en toda la cristiandad occidental.

El último testimonio: los guardianes de la copa

La última referencia cristiana procede del Commemoratorium, un documento del siglo IX de funcionarios enviados por Carlomagno, que enumera con precisión el personal de cada iglesia de Jerusalén. En el Santo Sepulcro había dos sacerdotes dedicados exclusivamente al Cáliz del Señor, los mismos que se asignaban a la Santa Cruz. Eso nos dice que la copa era una de las reliquias más preciadas de la ciudad.

El dato tiene además un eco importante: siglos después, las fuentes islámicas hablarán también de unos «guardianes» cristianos dedicados a proteger la copa.

Después, el silencio

Tras el Commemoratorium, las fuentes cristianas callan. Las políticas cada vez más duras de algunos califas fatimíes dificultaron las peregrinaciones, se escribieron menos relatos nuevos y en Europa se siguieron copiando las viejas descripciones. Para saber qué ocurrió con la copa hay que buscar en otro lugar: los textos árabes.

Continúa leyendo: te cuento lo que revelan esas fuentes en De Jerusalén a León: el viaje del cáliz en el siglo XI.

Una respuesta a «La Copa del Señor en los relatos de los peregrinos (siglos IV-IX)»

  1. […] La Copa del Señor en los relatos de los peregrinos (siglos IV-IX), lo que contaron de la copa quienes la vieron en Jerusalén. […]

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Portada de la novela Calix Domini. La conjura del Grial, de José Miguel Ortega del Río: el Cáliz de Doña Urraca sobre fondo azul

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Calix Domini. La conjura del Grial: el viaje del cáliz del Señor de Jerusalén a León en el siglo XI.

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Calix Domini. La conjura del Grial es una novela de intrigas, fe y poder ambientada en el siglo XI.

Metodio y Ágata luchan por proteger el cáliz del Señor en un viaje que lleva de Jerusalén a León, entre los intereses políticos, religiosos y militares de todo el Mediterráneo.

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