Cuando los cruzados conquistaron Jerusalén en 1099, se encontraron con un misterio. La Copa del Señor, que los peregrinos habían descrito durante siglos en el Santo Sepulcro, ya no estaba allí. Entre los cristianos de la ciudad se recordaba su presencia décadas atrás, pero nadie sabía dónde había ido a parar. De ese vacío nacieron las innumerables leyendas sobre el Santo Grial que llenaron la literatura caballeresca europea.
En Los reyes del Grial, Margarita Torres Sevilla y yo reconstruimos lo que ocurrió a partir de una fuente que hasta entonces nadie había conectado con esta historia: los textos árabes medievales. En el artículo anterior te conté qué es el Cáliz de Doña Urraca. Hoy te cuento cómo, según nuestra investigación, llegó hasta León.
Escondida a las afueras de Jerusalén
Durante la primera mitad del siglo XI, Jerusalén estaba bajo el dominio de los califas fatimíes de Egipto, y el Santo Sepulcro sufrió repetidos ataques y saqueos. Ante ese peligro, la Copa del Señor dejó el templo donde se había custodiado durante siglos y fue escondida en un lugar más discreto.
La clave nos la dio un texto inédito conservado en la Biblioteca de al-Azhar, en El Cairo, escrito por el erudito Ibn al-Qifti (1172-1248). Según este autor, la copa que los cristianos tenían por la del Mesías se guardaba en una pequeña iglesia de los alrededores de Jerusalén, famosa por conservar las reliquias de Santiago el Justo, primer obispo de la ciudad. Estaba oculta en un nicho, tras una doble cortina, protegida por un grupo de cristianos que habían jurado defenderla.
Ese detalle encaja con lo que ya sabíamos por las fuentes cristianas, que hablan de custodios dedicados exclusivamente al cáliz y de una forma muy particular de mostrarlo a los fieles, dentro de un relicario que podía tocarse a través de un orificio.
Al-Mustansir contra Bizancio
El califa al-Mustansir gobernó Egipto durante sesenta años, el reinado más largo de todos los estados islámicos. En el año 447 de la Hégira (1055) envió una embajada a Constantinopla con una petición muy concreta: que en la mezquita de la capital bizantina se pronunciara la oración del viernes en su nombre. La emperatriz Teodora se negó, y concedió ese honor a su gran rival, el califa de Bagdad, aliado de los turcos selyúcidas.
La respuesta de al-Mustansir fue inmediata. Según el historiador egipcio al-Maqrizi, ordenó apoderarse de todo cuanto había en la iglesia de la Resurrección de Jerusalén, cerró las iglesias de Egipto y Siria y obligó a los cristianos a pagar cuatro años de impuestos de golpe. En ese expolio, la Copa del Señor cayó en manos del califa.
Una hambruna en Egipto y un barco desde Denia
Ese mismo año, Egipto sufría una de las peores hambrunas de su historia, y al-Mustansir pidió ayuda al mundo islámico. Sabemos que respondió de inmediato un pequeño reino de la península ibérica: la taifa de Denia, cuya poderosa flota comerciaba por todo el Mediterráneo. Su emir, Ali Iqbal al-Dawla, envió un barco cargado de víveres. Un detalle curioso: era hijo de madre cristiana, algo que despertaba recelos entre algunos musulmanes.
Aquí los dos hilos se unen. Según Ibn al-Qifti, el emir de Denia había oído hablar de los poderes de la copa y se la pidió al califa como recompensa por su ayuda. Su intención no era quedársela, sino regalársela al rey de León, Fernando I, para afianzar su amistad con el monarca cristiano más poderoso de la península.

La travesía
Los guardianes cristianos temían que la reliquia cayera en malas manos durante el viaje, de modo que la confiaron a un obispo franco que se encontraba entonces en Jerusalén como peregrino. Las crónicas de la época mencionan precisamente el regreso, en 1056, del obispo Elinando de Laon, un hombre de confianza del rey de Francia en misiones diplomáticas delicadas. Curiosamente, sus biografías nunca mencionan ese viaje a Tierra Santa. ¿Prefirió guardar el secreto de una misión que muchos cristianos no habrían entendido?
Conservamos además la carta con la que el emir de Denia agradeció los regalos al califa. Entre todos ellos destaca uno: la que llama «la Copa colmada de misterio». La carta cuenta que durante la travesía la reliquia se convirtió en un faro y calmó el mar cuando amenazaba con hundir la nave.
Rumbo a León
La presencia de una reliquia cristiana tan señalada incomodaba en un reino islámico, y el emir no tardó en enviarla a su destino. No sabemos con exactitud qué ruta siguió. Lo más probable es que viajara un grupo pequeño, rápido y bien armado, evitando las taifas hostiles de Valencia y Zaragoza y cruzando discretamente la de Toledo hasta alcanzar tierras cristianas.
En esas mismas fechas, Fernando I estaba construyendo la iglesia de San Isidoro de León, donde el cáliz acabaría engastado con las joyas de su hija, la infanta doña Urraca. Y en el tesoro de San Isidoro se conservan otras piezas de lujo fatimíes de mediados del siglo XI, como una arqueta de plata dedicada a Sadaqa, visir del propio al-Mustansir. Todo apunta a que llegaron en el mismo envío.
La prueba de Saladino
El último eslabón lo aporta un documento, también inédito, del célebre Saladino, escrito poco más de un siglo después. Su hija padecía una grave enfermedad y, aconsejado por sus médicos, Saladino pidió que le enviaran un fragmento de piedra que se guardaba en el tesoro de El Cairo: la esquirla que el jefe de la expedición del año 447 había arrancado de la copa con una gumía, un puñal de doble filo, antes de su partida hacia Denia.
Ese detalle es decisivo. La copa superior del Cáliz de Doña Urraca presenta en su borde un daño evidente: le falta un fragmento de unos tres centímetros, cortado con un objeto recto, como el filo de una gumía.
Un viaje de mil años
Juntas, las piezas dibujan un recorrido completo: del Santo Sepulcro a una pequeña iglesia de las afueras de Jerusalén, de allí a manos del califa de Egipto, por mar hasta Denia y, finalmente, a la corte de León. Es la historia que defendimos en Los reyes del Grial, y también la que me inspiró para escribir Calix Domini. La conjura del Grial. En la novela, ese viaje lleno de silencios me permitió imaginar lo que las fuentes no cuentan: quiénes protegieron la copa y qué peligros corrieron para llevarla hasta su destino.
Si quieres ver el resultado de aquel viaje, el cáliz se expone hoy en el Museo de San Isidoro de León.

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